Carta de una madre a la esperanza

Cuarentena una palabra conocida en el diccionario, pero  no vivida,  hasta hace un par de meses se encuentra inmersa en cada una de las actividades que hacemos trabajar, estudiar, bailar, reír, llorar, soñar y demás, con una diferencia, solo desde casa, el espacio seguro evitando el contagio, en medio del encuentro consigo mismo se encuentra un sentir y una rutina inesperada abordando un nuevo relato en nuestra biografía.

Basta mirar al lado y encontrar miles de rostros  sintiendo emociones, se hace notar en la mirada pero su voz es silenciosa, al no saber cómo actuar ante lo desconocido, se encuentran desubicados, preocupados en medio de la incertidumbre y los miedos internos encargándose a diario de desafiar su fortaleza. 


Allí están familias enteras,  rostros de adultos mayores cansados de no sentir el aire después de toda una vida de esfuerzos y dedicación a su trabajo y familia, ahora al parecer el tiempo se detuvo y tan solo se encuentran mirando desde la ventana, viendo pasar a aquellos que por múltiples necesidades deben tratar de protegerse y salir de sus hogares. 


Rostros de trabajadores quienes en medio de la incertidumbre buscan el sustento diario debidamente con protocolos de autocuidado, sin embargo en su sentir retumba el miedo a estar cerca del otro, vigilantes en su entorno y evitando que cualquiera invada el espacio permitido, la barrera invisible de un metro, llevan su jornada laboral a cabo y en su pensamiento lo único esperanzador es llegar sanos a su morada. 


Los rostros inocentes, su experiencia de conocer el mundo real ha quedado suspendido para su protección, anhelan el salir a jugar, paradójicamente madrugar e  ir al colegio y compartir con sus amigos las historias diarias en su vida, sueños, deseos, aventuras y hasta parte de su lonchera,  su mayor compañía se convierte ahora en una pantalla y así pasan el tiempo entre las  clases y  los  videojuegos, sienten miedo  al no entender  bien porque sus padres se demoran en brindar el abrazo dado anteriormente  de inmediato a su llegada. 


Y todos al final del día en sus diferentes roles,  padres, madres, hijos, abuelos y demás, agradecerán el reunirse con los suyos después de la jornada  llena de protocolos para poder abrazar tranquilos y encontrar la esperanza  de que todo termine pronto, tratando de superar el caos inesperado pasando la puerta, la mayoría improvisando el día a día enfrentando lo incierto, lo llamado la nueva normalidad. 


Finalmente en medio del caos surgen los rostros de  la esperanza, el enfrentar la realidad se hace más fácil brindando un gesto de solidaridad con el otro, una sonrisa se convierte en amabilidad, se transforma en volver a casa a salvo y el sentir un abrazo de tu familia  al anochecer asegura la certeza de que todo al final del día saldrá bien.


Elaborado por: Paula Alexandra Jara Bernal


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